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cómo pasar de la intención a la acción Cerebro en pausa, cerebro en acción.

 

De la intención a… ¿la acción o la procrastinación?

Los seres humanos tenemos un sistema que actúa como motor desde el momento en que despertamos. Ese sistema activa neurocircuitos que tienen que ver con pensamientos, planes y acciones. Se trata de impulsos que inician y guían el comportamiento tanto ante cuestiones sencillas (como ducharnos y vestirnos para ir al trabajo o una fiesta) como muy importantes o, si se quiere, trascendentales: estudiar, graduarnos, trabajar por ser cada día mejores personas. Ahora bien, ¿cómo son esos mecanismos a nivel neurológico, esto es, lo que une al cerebro (como máquina biológica) con la mente? ¿Qué es lo que nos lleva a hacer lo que debemos o queremos hacer, o, a la inversa, a postergarlo una y otra vez? Pocos años atrás no había respuestas concretas para estas preguntas. En la actualidad, y gracias al avance de la tecnología de diagnóstico, las neurociencias han identificado varios circuitos neuronales cuya actividad está siendo estudiada para explicar estos procesos. Por ejemplo, en el inicio de todo ciclo de motivación, esto es, cuando registramos el impulso que nos lleva a concebir un plan, existe lo que se conoce como intencionalidad previa a cada acción, y ello se refleja en el cerebro. También se refleja lo que ocurre cuando esa intencionalidad se “congela”, esto es, cuando luego de crear una especie de agenda mental con lujo de detalles sobre lo que vamos a hacer, resulta que no lo hacemos. • Cuando lo que tenemos que hacer es importante, se genera un sistema de tensión que solo se reducirá cuando hayamos concretado la tarea. • Si la tarea se interrumpe, ya sea en forma consciente o metaconsciente, dicho sistema de tensión continuará activo, despilfarrando energía cerebral. Proactividad: cómo pasar de la intención a la acción 69 Si este fenómeno se convierte en un patrón de conducta, estamos ante un problema que debe ser resuelto y se conoce como procrastinación (del inglés procrastination).

Ejemplos típicos de procrastinación son los siguientes:

  • • Gerentes que “cajonean proyectos” para evitar el esfuerzo.
  • • Estudiantes que dejan pasar las fechas de exámenes.
  • • Ejecutivos que reprograman constantemente sus reuniones.
  • • Personas excedidas de peso que todos los días “dejan para mañana” la dieta que deberían “comenzar hoy”.

El verbo “procrastinar”, que la Real Academia Española define como “diferir, aplazar”, comenzó a popularizarse en ciertos reductos culturales (como los cafés filosóficos y los institutos de capacitación) desde no hace mucho tiempo. El objetivo de los talleres que se ocupan del tema es ayudar a las personas a pensar “por qué se deja para mañana lo que podría hacerse hoy”, sin enmascarar las respuestas. Esto último es muy importante, ya que los argumentos para “justificar” suelen ser interminables. En algunos casos, cuando la procrastinación se convierte en una forma de vida, es muy eficaz la terapia psicoanalítica. En el mundo del trabajo este fenómeno es un verdadero lastre, por ello está siendo intensamente estudiado por el neuromanagement y el neuroliderazgo.

 

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