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El español Carlos Belmonte, presidente de la Organización Internacional de Investigación del Cerebro, resume las líneas de investigación sobre un mal que impacta de lleno en la calidad de vida: el dolor crónico sin causa aparente.

“El dolor neuropático es el gran desafío actual”, afirmó el médico español Carlos Belmonte, presidente de la Organización Internacional de Investigación del Cerebro, en una entrevista con La Voz, en el marco de la segunda edición del Congreso Latinoamericano de Sociedades de Investigación en Neurociencias que organizó la Federación de Sociedad de Neurociencias de Latinoamérica y el Caribe (Falan, por sus siglas en inglés) y que se realizó en octubre en la ciudad de Buenos Aires.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define al dolor neuropático como el causado por daño estructural o disfunción neuronal del sistema nervioso central o periférico que persiste aunque el estímulo haya desaparecido.

Sistema de alarma

El dolor crónico es un problema en sí mismo y es padecido por alrededor del 30 por ciento de la población mundial. Genera mayor costo económico que el cáncer, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares juntas y “produce cambios en la capacidad intelectual y cambios emocionales como irritabilidad y depresión”, advierte Belmonte.Por eso, a pesar de que suele ser entendido como un síntoma, es mucho más que eso.

El especialista afirma que el dolor orgánico, el que se siente como consecuencia de haber sufrido una lesión, “es distinto al dolor que se hace crónico y cuya causa original no está”. El dolor neuropático da cuenta de que el sistema actúa de manera anómala ya que se siente aunque no exista ninguna causa orgánica. Esto último sucede porque los nervios que trasmiten al cerebro información sobre la existencia de una dolencia, están afectados.

Entre los pacientes que sufren esta clase de dolor están los que tienen comprensión nerviosa en la columna vertebral, ciática, dolores de espalda crónicos, diabetes, cáncer, neuralgia del trigémino (que genera dolores faciales intensos) y quienes reciben tra­tamientos con fármacos anti­cancerosos.

“Casi todos los dolores crónicos se hacen neuropáticos porque el sistema del dolor, cuando trabaja durante mucho tiempo, produce cambios moleculares y empieza a funcionar de modo anómalo. Si en un inicio generaba determinada cantidad de impulsos que alertaban acerca de su presencia, termina por duplicarlos por lo que el padecimiento se hace aún más intenso”, explica Belmonte.

Desafío

Las neurociencias tienen mucho que hacer para mitigar esta problemática. La clave, según el médico español es “lograr acallar a las fibras nerviosas que envían al cerebro señales de lesión tanto cuando la hay y ha sido diagnosticada, como cuando no la hay”. Lo que se busca es inhibir, impedir que se abran o conseguir que se abran menos los canales iónicos a través de los cuales se envían aquellas señales ya que, de esa manera, se podría reducir o directamente eliminar el dolor.

Al ser el neuropático un dolor desesperante, la comunidad científica trabaja en encontrar soluciones de fondo pero también para, mientras tanto, apaciguar el sufrimiento. En este sentido, el especialista enumera desde alternativas farmacológicas, pasando por rehabilitación, estimulación tanto eléctrica como mediante bombas que inyectan analgésicos en las zonas donde los nervios periféricos trasmiten dolor, hasta analgésicos de acción central y estimulación profunda en el cerebro, entre otras estrategias y métodos.

Belmonte considera que la mayor revolución fue comprender cómo funcionan los canales del dolor ya que puede ser la puerta a nuevos fármacos que le hagan frente a este mal.

La Voz, 12 de Diciembre de 2016

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