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¿Por qué los hombres eligen las series policiales mientras que las mujeres prefieren las novelas? ¿Por qué la mayor parte de las pequeñas guerras por el control remoto se desatan porque “él” sintoniza los canales de deportes cuando lo que “ella” quiere ver es una ficción romántica o un documental? 

María Paz me cuestionaría estas preguntas, porque “ella” jamás elegiría ver Orgullo y Prejuicio o cualquiera de esas miniseries basadas en libros extraordinarios si en otro canal estuvieran pasando un partido del Rafa Nadal. Y ni hablar de cuando juega el Barza, ya que directamente no se le puede hablar.

Y tendría razón María Paz, pero sólo porque hay excepciones. Las investigaciones revelan que en las preferencias de género suele haber notables mayorías y la realidad lo constata: es suficiente con observar el estadio durante un partido de fútbol para ver con claridad que hay muchos más hombres que mujeres, o con asistir a una conferencia sobre belleza y salud para comprobar que la mayor parte de los sitios están ocupados por “ellas”.

En líneas generales, muchos más hombres que mujeres prefieren ver deportes por televisión (aunque no los practiquen), salir de caza o de pesca, leer revistas sobre los últimos avances tecnológicos y engrosar su caja de herramientas cada vez que van al hipermercado. Del mismo modo, muchas más mujeres que hombres acuden con frecuencia a la peluquería, consumen revistas de diseño, moda y decoración, estudian psicología en vez de ingeniería, invierten en cirugías estéticas y son receptivas a las ficciones románticas.

En una primera aproximación al tema, puede inferirse que estas diferencias se deben a factores socioculturales, y esto es cierto, pero tengamos presente que, debido al fenómeno de neuroplasticidad, nuestro cerebro se va formando anatómicamente en función de las influencias que recibe del entorno.

Ello explica (en parte) por qué las zonas relacionadas con la agresión son mayores en el cerebro masculino, mientras que las habilidades relacionadas con la empatía, esto es, con la capacidad de ponerse en el lugar del otro, percibir lo que está sintiendo y sintonizar con sus emociones, están más desarrolladas en el femenino.

En el mundo occidental, los varones se familiarizan con el conflicto desde pequeños cuando les regalamos soldaditos de plomo, espadas, revólveres o muñecos con forma de monstruos.

Estas claves culturales van determinando la morfología de su cerebro ya que cada vez que un niño juega a la guerra se van creando los neurocircuitos que están asociados a ese tema.

Ello puede explicar por qué razón son más comunes las peleas a nivel corporal entre varones y por qué (en promedio) los líderes masculinos se manejan con más comodidad cuando las luchas competitivas son feroces, por ejemplo, entre las grandes corporaciones. Aún así, hay algunas preferencias que aparentemente son innatas, y no producto del fenómeno de neuroplasticidad asociado a factores culturales, como se ha creído hasta el presente.

Por ejemplo, los resultados de una investigación realizada en forma conjunta por profesores de la Universidad de Londres y de la Universidad de Texas permitieron descubrir que algunas preferencias de juguetes según el género no son producto de la socialización .

Durante el experimento, realizado con simios de 1 a 4 años de edad, se incluyeron juguetes típicos de varones (como camiones, autitos), juguetes típicos de niñas (como las muñecas) y juguetes de género neutro (libros, entre otros).

Mediante una medición del tiempo que ambos sexos pasaban con los distintos juguetes, se observó en los machos una preferencia por los considerados masculinos y en las hembras, por los considerados femeninos. Con respecto a los neutros, ambos sexos utilizaron la misma cantidad de tiempo.

Dado que, obviamente, los animales no pueden ser influenciados por estímulos socioculturales, se infiere que la inclinación de uno y otro sexo hacia diferentes juguetes puede deberse a diferencias biológicas innatas.

Asimismo, no se descartan razones vinculadas con la evolución, esto es, con las actividades que realizaban en el mundo primitivo (la caza predominaba en el hombre mientras que la mujer se dedicaba a las tareas relacionadas con lo que en ese tiempo podríamos denominar hogar).

Como vemos, todo está inscripto y puede inscribirse en nuestro cerebro. Lo relevante es que, independientemente del origen de estas inscripciones, a comienzos del nuevo milenio contamos con herramientas de enorme potencial para estudiarlas con un enfoque científico y continuar perfeccionando esta obra maestra que comenzó la naturaleza mediante la implementación de un trabajo sistemático de neuroplasticidad autodirigida.

 

(Por Néstor Braidot, Doctor en Ciencias, Máster en Neurobiología del Comportamiento y en Neurociencias Cognitivas)

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