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Constantemente hablamos de estrés. Si midiéramos la cantidad de veces que utilizamos el término durante el día nos llevaríamos una verdadera sorpresa. Y no es para menos, las sociedades actuales son auténticos caldos de cultivo para altos niveles de estrés, consecuentemente, el mundo del trabajo está realmente afectado por este fenómeno cuyas consecuencias no deben minimizarse.

Día a día las neurociencias confirman que el estrés, en sus diferentes variantes de intensidad y duración, produce daños en el cerebro. Algunos son reversibles, siempre que se tome conciencia y se realice un profundo cambio de hábitos. Otros pueden ser muy graves (caso de la muerte neuronal y los accidentes cerebrovasculares).

En otros casos (los menos) el estrés es saludable, de hecho, la respuestas huida cuando una máquina puede provocar un accidente en una fábrica ha salvado la vida de muchas personas. En otros (los más), cuando hay sobrecarga continua de ansiedad y tensión puede resultar muy nocivo si no se controla. Por ejemplo, ha sido observado que un agente de policía puede experimentar 200 pulsaciones por minuto en 3 décimas de segundo durante una persecución. Ahora bien, ése es su trabajo y tiene una preparación y tratamiento especial para afrontarlo.

Lo llamativo es que en las empresas suelen generarse estados similares. Esto se ha detectado en épocas de crisis, cuando la llamada repentina de un gerente a uno de sus colaboradores puede llevar a éste a pensar que va a ser despedido. Si bien ambos ejemplos se corresponden con casos extremos, la sobrecarga de tensiones debe ser especialmente tenida en cuenta por el liderazgo, de hecho, una de las herramientas más fantásticas para contrarrestarla procede del neurocoaching (mucho del trabajo que se realiza se orienta a ese objetivo).

 

Por otra parte, y además del daño que el estrés genera en el cerebro, impide pensar con claridad, destruye la motivación y la creatividad, baja la productividad y, lo que es peor, las personas enferman porque la tensión llega a tal grado de intensidad que reduce sus defensas ante enfermedades muy graves.

Por ejemplo, durante una investigación realizada por la Universidad de Yale (que puedes leer en la revista Biological Psychiatry) se tomaron imágenes de los cerebros de 100 personas que habían vivido momentos muy estresantes, como pérdida del trabajo, de un ser querido, incluso divorcios. Se observó menos materia gris de lo normal en la mencionada estructura, que también participa en la vida emocional, la regulación de los deseos y el control de los impulsos, lo cual puede provocar conductas inapropiadas en las personas afectadas.

También se observó que altera el funcionamiento del hipocampo, con lo cual la memoria puede formarse de manera débil y fragmentada, y que provoca la liberación excesiva de una hormona, el cortisol, como respuesta a situaciones de sobrecarga tensional. Además de afectar la memoria, en casos extremos se bloquea la corteza prefrontal, alterando la capacidad de resolución inteligente de problemas y las habilidades esenciales para razonar y tomar decisiones.

 

Otro gran enemigo de las organizaciones y de las personas es el desencadenamiento de emociones negativas que origina el estrés, dado que ello repercute en los pensamientos predominantes e impacta en las relaciones con los demás, provocando una especie de efecto en cadena que genera un clima de trabajo que, en casos extremos, puede llegar a ser tortuoso.

Como pueden imaginar, estos temas son simplemente enunciativos, de hecho, he seleccionado solo “algunos” de los efectos dañinos del estrés para que puedan hacerse una idea sobre la importancia que tanto los líderes como las personas deben prestarle a este tema. Además del ejercicio físico, el cambio de hábitos y la alimentación, las neurociencias modernas proporcionan un conjunto de recursos otrora impensables para ayudar a contrarrestar los efectos nocivos del estrés.

Cat. Económica, 28 de Febrero de 2016

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