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Procrastinamos cuando postergamos actividades o asuntos que debemos atender, sustituyéndolos por otros que, si bien pueden ser irrelevantes, son mucho más agradables. Sin embargo, lo que dejamos de hacer continúa ocupando la mente, hasta tal punto que recordamos más lo que tenemos pendiente que lo que hemos terminado o concluido.

Para comprender estos mecanismos, imaginemos un avión que se ve obligado a volar en círculos sobre un aeropuerto debido a un fenómeno meteorológico o a la ausencia de pista. Mientras no logre aterrizar o, lo que es lo mismo, mientras no logre cumplir con su objetivo, la nave continuará consumiendo energía.  Análogamente, el cerebro desperdicia energía cuando “algo” que tenemos pendiente nos da vueltas por la cabeza. Ello explica la sensación de pesadez (mientras el tema sigue en la mente) y de alivio (cuando, al concluirlo, lo liberamos de dicho esfuerzo).

La procrastinación es la postergación de proyectos y tareas en forma consciente. Normalmente se debe a desgano, falta de impulso u otros factores que conspiran contra la motivación.

Un caso típico de procrastinación es el de los gerentes que “cajonean” los proyectos, los estudiantes que dejan pasar las fechas de exámenes, y el de los excedidos de peso, que todos los días “dejan para mañana” el comienzo de una dieta.

 

Ahora bien ¿cómo son estos mecanismos a nivel neurológico, esto es, los que unen al cerebro (como máquina biológica) con la mente? ¿Qué es lo que nos lleva a hacer lo que debemos o queremos hacer, o, a la inversa, a postergarlo una y otra vez? Años atrás no había respuestas concretas para estas preguntas. En la actualidad, las neurociencias han identificado varios circuitos neuronales cuya actividad está siendo estudiada para explicar estos procesos.

Por ejemplo, en el inicio de todo proceso de motivación, esto es, cuando registramos el impulso que nos lleva a concebir un plan, existe lo que se conoce como intencionalidad previa a cada acción, y ello se refleja en las neuroimágenes. También se refleja lo que ocurre cuando esa intencionalidad se “congela”, esto es, cuando luego de crear una especie de agenda mental con lujo de detalles sobre lo que vamos a hacer, resulta que no lo hacemos. Si este fenómeno se convierte en un patrón de conducta, estamos ante un problema que debe ser resuelto sí o sí.

Ejemplos típicos de procrastinación son los gerentes que “cajonean proyectos” y los ejecutivos que reprograman constantemente sus reuniones. Ambos fenómenos son un verdadero lastre. Algunos de mis clientes suelen preguntarme ¿Por qué pasa esto? ¿Hemos contratamos personas con problemas psicológicos?  Eso es posible, pero lo pondría en el último lugar. Luego de años como consultor, he llegado a la conclusión de que la procrastinación en las empresas tiene varios aliados, que aquí voy a listar para que se les preste la debida atención:

  • El liderazgo formal
  • La ausencia de incentivos
  • El aburrimiento en el trabajo (síndrome de Boreou)
  • La sobrecarga de responsabilidades y el cansancio
  • El mal clima organizacional
  • La desvalorización
  • El temor al fracaso
  • El reforzamiento de las zonas de confort que generan resistencia al cambio
  • El perfeccionismo

Y por último: factores psicológicos individuales que no han sido detectados por los procesos de selección de personal o se han generado posteriormente.

Sin duda alguna, la procrastinación es un fenómeno que debe ser analizado, evaluado y monitoreado en forma permanente, no sólo porque atenta contra la productividad y evita que se pierdan oportunidades de crecimiento para la organización, sino también, y fundamentalmente, para evitar que se contagie.

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