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Era primavera en España, pleno mes de mayo de 2006, cuando leí en BBC Mundo lo siguiente: 

Después de miles de años en busca de la fórmula mágica, un equipo de neurólogos afirma que la felicidad es el resultado directo de la actividad cerebral, susceptible de ser observada y medida”.

Que la información procediera de la BBC no me llamó la atención, justamente, esta cadena tenía un programa que se llamaba “La fórmula de la felicidad” en uno de sus canales, por lo tanto, estaban muy atentos a cada avance de las neurociencias sobre el tema.

Y tal como dijo uno de los especialistas consultados por la producción, Morten Krigelbach, hasta entonces la investigación neuronal de la felicidad se centraba en dos aspectos: el placer y el deseo. Ambos estados se estudiaban focalizando en el sistema de recompensa del cerebro.

Mediante experimentos de laboratorio, ya se había establecido la diferencia entre ambos estados en el sistema nervioso al observar la actividad neuronal y el flujo de algunos neurotransmisores, como la dopamina y el sistema opioide (péptidos y morfina, entre otros).

También se habían emprendido investigaciones con el fin de observar las conexiones de la corteza órbitofrontal (la más avanzada del cerebro) con los mencionados sistemas.

La neurociencia nos sorprende día a día con los temas que inda-ga sobre el funcionamiento cerebral, y uno de los más apa-sionantes es -sin duda- el de la felicidad.

¿Dónde está? ¿Qué zonas cere-brales están vinculadas a los procesos que desencadenan estados felices? ¿Hay personas más proclives que otras para ser felices o infelices? ¿Por qué hay gente alegre y gente amargada sin motivo aparente?

Cuando se le preguntó a Krigelbach sobre las aplicaciones de las investigaciones sobre la felicidad, respondió lo siguiente: “es posible que los neurocientíficos encuentren algún día la receta para alcanzar este estado, es decir, la fórmula para inducir la felicidad”. En aquel momento pensé, “bueno, si la encuentran, mejor que sea natural”.  Yo soy un enemigo acérrimo de las sustancias artificiales, excepto cuando se utilizan para curar enfermedades.

Otra investigación que me pareció muy interesante (me llegó un tiempo después de haber leído el artículo de la BBC) se realizó en el Instituto Douglas de Montreal. El objetivo era (nada menos) analizar cómo está inscripta la felicidad en el cerebro estudiando la actividad neuronal de un grupo integrado por 29 personas.

Al analizar las imágenes, se determinó que una pequeña zona, el núcleo caudado, era más pequeña de lo normal en los participantes que, en función de los parámetros bajo estudio, habían sido definidos como infelices.

Tal como se observa en la imagen, el núcleo caudado se ubica en las profundidades del cerebro y tiene la forma de un cometa cuya cola finaliza en cuerpo amigdalino. Junto con el putamen, integra el cuerpo estriado (que también incluye al núcleo accumbens)¹.

También ha sido observado (mediante fMRI) que esta estructura se activa durante una experiencia mística y hay indicios de que está involucrada en el amor de pareja (cuando ésta alcanza su etapa estable)

Otras investigaciones concluyen en que el nivel de activación del núcleo caudado revela equilibrios y desequilibrios emocionales:

  • Un núcleo caudado sobreactivado está relacionado con algunos desórdenes de apariencia psicológica, como la ansiedad y la fobia, por ejemplo, el TOC (trastorno obsesivo compulsivo).
  • Un núcleo caudado poco activo puede estar implicado en desórdenes que disminuyen el desempeño de las funciones ejecutivas, como el déficit de atención, la apatía y la falta de motivación (el núcleo caudado y la sustancia negra son estructuras de los ganglios basales que intervienen en los procesos de atención).

¿Podemos inferir, al leer los resultados de estas investigaciones, que quienes tienen un núcleo caudado más grande son más felices; qué quienes tienen un núcleo poco activo son ineficientes en su trabajo o que quienes, por el contrario, registran sobreactivación de esta estructura padecen TOC?

En ningún ámbito de la vida las generalizaciones son buenas, excepto que se trate de evidencias científicas extrapolables a toda la población.

Lo que sí podemos afirmar, “generalizar”, es que las personas que pierden la capacidad de experimentar el placer y el deseo pueden tener dificultades con algunos neurotransmisores, como un déficit de dopamina (por efecto de su conexión con lo negativo) con consecuencias muy importantes en el desempeño de algunas de sus funciones cerebrales y, por supuesto, en su calidad de vida.

Algunas de estas personas caen en estados de anhedonia, que vendrían a ser el polo opuesto de la felicidad debido a que se pierde la capacidad para experimentar el deseo y la satisfacción y lo mismo ocurre con el placer. Es típico de las personas que atraviesan una depresión, ya sea temporal o crónica.

¹Esta aclaración es muy importante debido a que suele haber confusiones entre el núcleo caudado y el accumbens. Si bien son estructuras parecidas y tienen funciones similares, no son iguales.

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