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Por Néstor Braidot, specialista en neurociencias aplicadas al desarrollo de organizaciones y personas.

Todo bebé llega a este mundo con un soporte físico asombroso, esto es, con una plataforma de lanzamiento modelada a través de miles y miles de años de evolución: su cerebro.

Sin embargo, el primer aceleramiento del crecimiento de este órgano se produce antes de que abra los ojos y conozca el mundo que lo rodea: entre los 4 y 6 meses de gestación, mientras la vida se desarrolla en el seguro y cálido resguardo del vientre materno.

Durante la etapa fetal, los sonidos, el calor y el olor de la madre son fundamentales para activar la formación de las zonas emocionales, como la amígdala. A medida que el tiempo transcurre, este pequeño órgano en formación irá cambiando como resultado de los estímulos que recibe del entorno, que darán como resultado la formación intensa de redes neuronales.

En este proceso, y al margen de lo que ya está inscripto en los genes, la figura materna tiene un rol crucial, no sólo por los estímulos afectivos, sino también por el cuidado y la alimentación.

Precisamente, una de las razones por las cuales duermen tanto los bebés tiene que ver con el consumo de energía cerebral, ya que aproximadamente el 66% de las calorías que incorporan se destina a la nutrición de su sistema nervioso, que en esta etapa (en comparación con la fetal) se caracteriza por una actividad intensa.

Cuando el bebé no duerme, o duerme mal, es posible (siempre que no exista una causa orgánica) que no esté cubierta una de sus necesidades básicas: la seguridad que proporcionan el amor y el contacto maternal. De hecho, varias investigaciones demuestran que los bebés se enferman más cuando sus madres son desapegadas o poco cariñosas. Afortunadamente para el mundo, este caso no constituye la regla, sino una verdadera excepción, dado que la contención y el amor que brindan seguridad al bebé son fundamentales para el desarrollo adecuado de su cerebro.

¿Y las hormonas? El rol de la oxitocina

Siempre que hablamos de lo femenino (y también de lo masculino) estas sustancias son fundamentales, de hecho, la influencia hormonal es crucial en la conformación de un cerebro como masculino o femenino, y también en la predisposición de ambos sexos para desarrollar determinadas habilidades.

Según las últimas investigaciones, la oxitocina es la hormona que nos permite detectar en quién podemos confiar, y esto se aprende en el útero materno, que lejos de blindar el ingreso de los estímulos generados por caricias, actúa como un conductor extraordinario de éstos.

A nivel cerebral, la oxitocina estimula la zona prefrontal y el sistema límbico, disminuyendo el impacto de algunas emociones negativas, como la ansiedad y el estrés.

Luego del nacimiento, activa el sentimiento de protección de la madre y actúa como inhibidor del miedo. Por ello, cuando hay un niño en peligro, la inteligencia femenina para sortear los obstáculos y, por qué no decirlo, su valentía para enfrentarse a todo lo que pueda generarle un daño deja boquiabierto a cualquiera.

Sin duda, y pensando hoy en mi hija Natalia y su hija, mi nieta Milena, a quienes he observado y observado durante horas, estamos ante una de las formas del amor más maravillosas de las que nos ha dotado la existencia.

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