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El doctor Néstor Braidot reflexiona sobre el funcionamiento cerebral y su relación con el amor.

La neurociencia nos sorprende día a día con los temas en los que indaga sobre el funcionamiento cerebral, y uno de los más apasionantes es –sin duda– el de la felicidad y su relación con uno de los temas más importantes para la humanidad: el amor. ¿La felicidad está ubicada en alguna zona concreta del cerebro? ¿Tiene relación con el estado de enamoramiento o con la vida en pareja? ¿Cuáles son los procesos cerebrales que desencadenan estados felices? ¿Hay personas más proclives que otras a ser felices o infelices?

 

Los avances en las investigaciones recientes referidas a la felicidad y el cerebro indican que “el estado feliz” podría ser resultado directo de la actividad cerebral. Por lo tanto, la felicidad sería susceptible de ser medida y observada científicamente.

Actualmente, las investigaciones neuronales en esta materia se centran en dos aspectos fundamentales: el placer y el deseo, ambos ligados al flujo de algunos neurotransmisores como la dopamina y el sistema opioide (péptidos y morfina, entre otros).

 

Al observar las imágenes resultantes de estos experimentos, se determinó que una pequeña zona, el núcleo caudado, era más pequeña de lo normal en los participantes que –en función de los parámetros bajo estudio– habían sido definidos como infelices.

¿Y cuáles son las formas de estimular esa zona del cerebro? ¿Cuáles son los componentes de la fórmula que podría inducir la felicidad? ¿Está relacionada con el amor? Yo soy un enemigo del uso de sustancias artificiales (excepto, por supuesto, cuando se utilizan para curar enfermedades); por lo tanto, me inclino a pensar que “la fórmula de la felicidad” debería ser natural. Las investigaciones demuestran que el núcleo caudado se activa durante ciertas experiencias presentes en nuestra vida cotidiana, una de ellas es el amor de pareja (cuando éste alcanza su etapa estable).

 

¿Podemos inferir, al leer los resultados de estas investigaciones, que quienes tienen un núcleo caudado más grande son más felices? ¿Y que, entonces, si el amor estimula este núcleo sería uno de los caminos hacia el “estado feliz”?

En ningún ámbito de la vida las generalizaciones son buenas, excepto que se trate de evidencias científicas extrapolables a toda la población. Lo que sí podemos afirmar, “generalizar”, es que las personas que pierden la capacidad de experimentar el placer y el deseo pueden tener dificultades con algunos neurotransmisores, como un déficit de dopamina (por efecto de su conexión con lo negativo), con consecuencias muy importantes en el desempeño de algunas de sus funciones cerebrales y, por supuesto, en su calidad de vida.

Por Néstor Braidot, Doctor en Ciencias, Máster en Neurobiología del Comportamiento y en Neurociencias Cognitivas (www.braidot.com).

Clarín, 1 de Febrero de 2017
Buenos Aires, Argentina

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