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Las definiciones de todos los días despiertan los mismos mecanismos cognitivos y emocionales que cuando se resuelven procesos complejos
Por Néstor Braidot, Doctor en Ciencias, Máster en Neurobiología del Comportamiento y en Neurociencias Cognitivas 

Desde que nos despertamos hasta que nos vamos a dormir cada día estamos tomando decisiones y lo hacemos en todos los órdenes de la vida. Desde elegir la marca de café y los alimentos para el desayuno hasta casarnos, divorciarnos o invertir en propiedades importantes.

 A veces, decidir es simple. No hay mucho para pensar cuando, por ejemplo, vamos a comprar un abrelatas. Otras, el proceso es complejo y puede convertirse en una preocupación importante.
 Afortunadamente, el conocimiento previo y la experiencia reorganizan los circuitos cerebrales y agilizan el proceso de toma de decisiones cuando éstas son complejas, y lo mismo sucede con los mecanismos emocionales, que son mucho más potentes de lo que se creía.

En cualquier caso, esto es, desde elegir entre tostadas con mermelada “light” o una porción de torta para el desayuno, o entre Madrid o Barcelona para vivir, el proceso de toma de decisiones pone en juego numerosos procesos cognitivos y emocionales que se activan por debajo del umbral de conciencia.

Con relación a los emocionales, ya hay suficientes pruebas como para inferir que, al contrario de lo que se pensaba, no nos “nublan la razón” sino todo lo contrario: actúan positivamente, guiando los procesos de toma de decisiones desde las profundidades de la mente.

Obviamente, quedan fuera de esta categorización quienes se alteran por cualquier cosa, se enojan o se angustian con facilidad.

De hecho, las personas proclives al mal humor, como así también las que se desestabilizan ante una situación que provoque pequeños cambios, no pueden pensar con claridad y es común que tarden mucho o se arrepientan luego de haber tomado una decisión, por ello es tan importante que incorporen las nuevas técnicas de automonitoreo de emociones, ya que ello no solo las ayudará a decidir mejor y más rápido, también mejorará su calidad de vida.

Otro tema muy interesante relacionado con la toma de decisiones tiene que ver con los neurocircuitos que utilizamos.

“¿Cómo decidió el Presidente Truman desplegar armas nucleares contra Japón en 1945, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial, pero a un costo enorme?, se preguntaba Joshua D. Greene, del Departamento de Psicología de la Universidad de Harvard.

Y él mismo responde, al analizar los resultados de la investigación que realizó junto a sus colegas: “Nuestros resultados sugieren que tales decisiones emplean los mismos mecanismos básicos que nuestro cerebro utiliza cuando evaluamos si vale la pena gastar unos cientos de dólares por una garantía extendida al comprar un coche nuevo.”

En términos de otro de los participantes del experimento, Amitai Shenhav, “parece que nuestra capacidad para tomar decisiones complejas, de vida o muerte, depende de estructuras cerebrales que originalmente participan en la toma de decisiones más básicas de interés personal, como la comida”.

Lo que sin duda cambia cuando las decisiones son muy importantes es el esfuerzo neurocognitivo que realizamos.

Si la decisión es compleja, aumenta el consumo de energía cerebral debido a la exigencia que recae sobre las funciones ejecutivas, y terminamos agotados.

Uno de los mejores ejemplos es el de los corredores de Fórmula I, que además de un gran esfuerzo físico -que no vemos- realizan un gran esfuerzo mental. Es suficiente con observar por televisión lo que ocurre durante una de estas carreras, cuando la cámara está colocada en el coche del piloto, para comprobar que las funciones ejecutivas de estos deportistas realmente no tienen tregua, y tampoco su cuerpo.

Los cambios fisiológicos (como el aumento del ritmo cardíaco y la sudoración) revelan claramente el gran componente emocional asociado a cada decisión que toman, ya que ponen en juego no solo la carrera, sino también la propia vida.

Decidir involucra un importante trabajo cerebral que activa los sistemas emocionales, los diferentes tipos de memoria -sensorial, de trabajo y de largo plazo-, y las funciones ejecutivas del cerebro.

Las habilidades cognitivas que nos permiten razonar, sopesar, comparar y elegir y son llevadas a cabo fundamentalmente por los lóbulos frontales.

Debemos comprender el rol de las estructuras y los sistemas cerebrales que están involucrados en la toma de decisiones en función de los últimos avances de la neurociencia moderna que, a esta altura, el lector probablemente habrá deducido: un sistema emocional, comandado por la amígdala y otras estructuras del sistema límbico, y un sistema racional, reflexivo, con asiento en la corteza prefrontal.

Estos conocimientos son muy importantes para poder elegir e incorporar programas que nos ayuden a poner nuestro cerebro en funcionamiento en pos de optimizar cada uno de estos sistemas y, de ese modo, mejorar nuestras capacidades cerebrales.

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