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Uno de los neurocientíficos contemporáneos más brillantes, Rodolfo Llinás, que dedicó gran parte de su vida a entender la relación entre la actividad cerebral y la conciencia, sostiene lo siguiente:

Las emociones, al igual que los pensamientos, son estados funcionales del cerebro porque allí se genera nuestro «yo» (la conciencia de nosotros mismos)

Admito que explicar el amor, la compasión, la culpa o el odio como un “estado funcional del cerebro” puede resultar raro y quizás chocante para algunas personas, sin embargo, la neurociencia lo confirma cotidianamente con sus investigaciones.

En líneas generales, las siguientes son las acepciones más frecuentes que puedes hallar en la bibliografía especializada:

  • Las emociones son estados que articulan aspectos neurocognitivos con sensaciones físicas, actúan como filtros en la percepción y son potentes fijadores de la memoria.
  • Sin emociones no podríamos desarrollar nuestra creatividad, tomar decisiones acertadas y, fundamentalmente, “sobrevivir”.

Por ejemplo, si estamos en una esquina y se nos viene un coche encima, el cerebro no tiene tiempo para razonar si nos corremos o no, o para qué lado nos corremos, es la zona emocional la que acorta el tiempo de respuesta desencadenando una reacción tan rápida que parece automática. ¿Por qué?

Si bien las emociones se expresan en patrones que recorren varias regiones del cerebro, la amígdala actúa como principal receptor de los estímulos emocionales: recibe la información desde el tálamo y la dirige hacia la corteza.

Según Joseph LeDoux: las vías neuronales que dirigen la información desde la amígdala hacia la corteza son mucho más ricas en cantidad de neuronas que las que actúan en sentido contrario (aproximadamente diez veces).

Ello puede explicar por qué la influencia de las emociones en las funciones ejecutivas del cerebro es tan importante.

Joseph LeDoux, un experto en el estudio de las emociones como procesos biológicos, halló una explicación anatómica para estos mecanismos

Descubrió que, junto a la vía neuronal que va desde el tálamo a la corteza cerebral existe un conjunto de fibras nerviosas que comunica directamente el tálamo con la amígdala, y llegó a la conclusión de que en el cerebro humano hay una especie de atajo que permite que la amígdala reciba algunas señales en forma ultrarrápida desde los sentidos.

Así, un estímulo sensorial (por ejemplo, el rugido de un tigre) se divide en dos impulsos que recorren caminos diferentes luego de llegar al tálamo.

El primero, al que denominó vía rápida, va por el “atajo” hacia la amígdala, que genera una respuesta automática y casi instantánea: huir, correr. Milésimas de segundo más tarde, la información llega a la corteza cerebral. A este recorrido LeDoux lo denominó vía lenta.

En el primer caso (vía rápida) actuamos prácticamente por instinto, en el segundo (vía lenta), se activa la conciencia.

Esto significa que ante una situación de peligro (LeDoux hizo muchas investigaciones sobre el miedo), es la amígdala la que genera la primera reacción y no la neocorteza (donde residen las funciones cognitivas más importantes, como el pensamiento).

Como vemos, las emociones involucran no solo aspectos cognitivos (en los que interviene la corteza), sino también, y fundamentalmente, fisiológicos y conductuales. Por ello, si se aparece de repente un perro enorme o un coche se nos viene encima, aun cuando el daño haya sido nulo o mucho menor que el susto, la angustia que nos provoca ese hecho se “archivará” en la memoria con un estado orgánico asociado.

Este estado puede implicar la creación de un patrón de respuesta, tanto fisiológica como conductual, que puede dar origen a un marcador somático, afectando las decisiones futuras en forma no conciente.

También puede ocurrir que los tiempos de reacción tan rápidos de la amígdala nos jueguen una mala pasada, ya que involucran reacciones primitivas, poco elaboradas, como gritar o pegar.

Estas reacciones normalmente traen problemas, sobre todo en ámbitos familiares o de trabajo, ya que las decisiones basadas únicamente en respuestas emocionales (reactivas), sin participación los mecanismos cerebrales superiores, como el razonamiento, pueden llevarnos hacer cosas de las cuales nos arrepentiremos más de una vez.

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