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Tal como vimos en los apartados precedentes, las emociones actúan como una especie  de sistema que nos informa sobre diferentes aspectos de la realidad otorgándoles una carga afectiva con repercusiones fisiológicas. Por ello, cada vez que recordamos un evento importante la emoción vuelve a emplazarse en la mente y en el cuerpo, priorizando determinadas respuestas frente a distintos estímulos y variando según su fuerza. 

Asimismo, cada vez que decimos que la alegría de una persona nos contagia o, a la inversa, que el mal humor de nuestro vecino nos afecta cada vez que necesitamos tratar con él, lo que estamos haciendo es reconocer el enorme poder que tienen sobre nosotros no sólo nuestras emociones, sino también las de los demás.

Afortunadamente, los seres humanos podemos automonitorear nuestras emociones mediante procesos voluntarios. Por ejemplo, cualquier persona que piense, por ejemplo, en su niño, experimentará un estado de amor, felicidad, placer, que es resultado de una actividad cognitiva consciente.

Si ejercita este pensamiento, ello repercutirá favorablemente en su estado de ánimo, consecuentemente, en todo lo que decida y haga durante el día.

Por ejemplo, ha sido comprobado que ante una sensación de placer el organismo libera endorfinas que, en esencia, son moléculas que actúan como un analgésico natural (producen un efecto sedante sobre el cuerpo y revitalizan el sistema inmunológico).

A la inversa, si una persona sucumbe ante situaciones que le provocan angustia, ansiedad o mal humor, probablemente aumente el flujo de sangre en su corteza prefrontal.

También hay investigaciones que demuestran que la fatiga mental reduce la actividad del cíngulo anterior, que es un área fundamental en la motivación y la iniciativa (además de cambios fisiológicos en otras partes del cuerpo).

La corteza prefrontal (medial y dorsolateral) juegan un rol importante en la interacción entre cognición y emoción.Diversos estudios demostraron que las áreas implicadas en el procesamiento emocional, como la amígdala, disminuyen su actividad durante tareas que requieren demanda atencional y cognitiva (Simpson, 2001).

Inversamente la corteza prefrontal (cíngulo anterior y dorsolateral) disminuyen su actividad durante la inducción de estados emocionales negativos.

Si esta zona está ocupada en el procesamiento de emociones negativas, no podemos pensar y, mucho menos, decidir, con la claridad que necesitamos.

Afortunadamente, hoy sabemos que el cerebro tiene la capacidad de cambiarse a sí mismo y que esto puede lograrse con sólo elegir en qué pensar.

Por ejemplo, si usted cierra los ojos y emplaza en su mente una imagen, como una taza amarilla, y en ese momento se somete a un escaneo mediante fMRI, el monitor revelará que su corteza visual primaria se activa del mismo modo que lo haría si realmente estuviera mirando dicha taza.

Lo mismo sucede cuando lo que emplazamos en la mente es una emoción. Ahora bien ¿cómo decirle a una persona por naturaleza “amarga” que comience a sonreír y haga de ello un ejercicio cotidiano porque le hace bien a su cerebro y a su vida?

Afortunadamente, subrayamos, los estados de ánimo pueden generarse con el pensamiento y se han desarrollado varias técnicas de autorregulación emocional que tienen a modificar esos neurocircuitos tan resistentes.

Por ejemplo, una persona que normalmente se paraliza ante una situación difícil es probable que sea del tipo de las que focalizan primero en las dificultades (en la jerga popular, se dice que en vez de ver un vaso medio lleno, lo ven medio vacío).

Como consecuencia, presentan mayor facilidad para generar pensamientos negativos, activando el córtex derecho del cerebro, lo que favorece el surgimiento de estrés, depresión, ansiedad y otras enfermedades físicas derivadas de estos estados, como las típicas migrañas, los problemas digestivos y las úlceras.

En cambio, aquellas que enfrentan los momentos difíciles como un desafío, por ejemplo, las que continúan estudiando, afrontan el estrés de los exámenes, se animan a cambiar de trabajo y están atentas a las nuevas las oportunidades, son personas que ejercitan el córtex izquierdo. Con esta práctica optimista siempre obtienen mejores resultados, entre otros motivos, porque la concentración cognitiva las hace menos dependientes de sus circunstancias emocionales.

Por lo tanto, el secreto para el automonitoreo emocional consiste en trabajar sistemáticamente para debilitar los “músculos” de los pensamientos asociados a emociones negativas y ejercitar los otros.

Recuerde :

Los neurocircuitos que usted cree con sus pensamientos pueden conducirlo tanto al éxito como al fracaso.

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